El Diablo que pedaleó al cielo y regresó
Julián Baltazar
3/5/20265 min read
Un cuento del Diablo Ciclista
El Diablo Ciclista
Hay algo que todo el mundo que conoce al Diablo Ciclista sabe: no es un ángel.
Esto puede parecer obvio, pero no lo es. Él es un diablo por elección, con cuernos, cola y todas esas cosas, como una forma de rebelarse ante las personas que al ver a alguien diferente solo tienen dos reacciones: miedo o pena.
"Ay, pobrecito", o la que más le revienta: "Qué angelito". Ni una cosa ni la otra. Ni frágil ni santo. Cada vez que el Diablo Ciclista escucha este tipo de cosas, siente que le hierve la piel, que se vuelve más roja y le sale un poquito de humo por los cuernos. Simplemente porque él nunca ha querido que lo protejan del mundo. Él solo quiere que el mundo se entere de que está aquí.
Hay mucho que contar sobre el Diablo Ciclista y para eso aquí están sus historias, para que sean ellas las que hablen por él.
I. Un domingo cualquiera
Los domingos en la Ciudad de México eran su paraíso personal. Las autoridades cerraban varias avenidas para que los ciclistas pudieran rodar sin que un taxi les gritara groserías o un camión intentara convertirlos en estampa. El Diablo vivía para esos domingos.
Sus paseos eran de no más de cinco kilómetros. Sus piernas de palito de pan tenían un límite, y él lo sabía. Pero saberalgo y aceptarlo son dos cosas muy diferentes.
II. La Glorieta y la tentación
Todo empezó un domingo anterior, cuando pedaleó desde la Colonia del Valle hasta la Glorieta de los Insurgentes. Diez kilómetros. El doble de lo a lo que sus piernas estaban acostumbradas. Cuando llegó, se quedó mirando la glorieta como si hubiera conquistado la cima del Everest.
—Lo hice —se repitió varias veces, porque cuando se emocionaba, las palabras se le atoraban como ciclistas en un embotellamiento.
Así que el siguiente domingo, nuestro pequeño diablo rojo se montó en su bicicleta con un plan clarísimo: llegar otra vez a la Glorieta. Pan comido. Ya lo había hecho antes.
El problema con los planes del Diablo es que nunca se quedaban quietos.
III. Cuando las piernas dicen "sí" y la razón dice "¿estás loco?"
Llegó a la Glorieta de los Insurgentes y sintió algo peligroso: se sentía bien. Demasiado bien.
La ciudad brillaba esa mañana. Los edificios parecían recién lavados, el cielo tenía ese azul imposible que solo aparece cuando la contaminación se toma el día libre, y las avenidas vacías de coches eran como alfombras grises tendidas solo para él.
—Un poquito más —se dijo.
"Un poquito más" es la frase más peligrosa del idioma español. Con "un poquito más" se han iniciado guerras, se han comido pasteles enteros y se han escalado montañas sin preparación.
El Diablo pedaleó y pedaleó. Insurgentes se estiraba frente a él como una promesa. La brisa le acariciaba los cuernos. La sensación de libertad era tan inmensa que por un momento se sintió gigante, enorme, del tamaño de un edificio.
Era la primera vez en toda su vida que se movía tan lejos por sí solo.
Cuando levantó la vista y leyó el letrero, casi se cae de la bicicleta. "Basílica de Guadalupe."
Estaba en la Basílica de Guadalupe. Quince kilómetros desde su casa.
—¡¿Qu-qu-qué?! —gritó.
Dio unas cuantas vueltas por ahí, todavía sin creérselo. Luego miró la hora y el estómago se le encogió.
Tenía que volver.
IV. La avalancha de metal
Aquí es donde la historia deja de ser graciosa. Bueno, solo un poquito.
El paseo ciclista dominical tenía horario, y el horario no esperaba a ningún diablo despistado que se hubiera ido hasta la Basílica. Mientras el Diablo pedaleaba de regreso, las calles que habían sido suyas empezaron a llenarse de coches.
De pronto. Así. Como una inundación de acero y cláxones.
Ahora, hay que entender algo: la mayor fobia del Diablo Ciclista era exactamente esta. Moverse entre automóviles. Para un ciclista experimentado, avenidas como Insurgentes, Reforma y Revolución ya son un reto serio. Para el Diablo, con sus piernas y su bicicleta modesta, era el equivalente a que le pidieran escalar una montaña mientras alguien le aventaba piedras.
Pero el Diablo hizo algo que solo los valientes —o los muy tercos— saben hacer: no perdió la concentración.
"Solo tengo que regresar por donde vine", se repitió. "Si mantengo el rumbo, llego a casa."
Simple. Aterrador. Pero simple.
V. La rebelión de los palitos de pan
El tráfico era una cosa. El dolor fue otra.
A pie, el Diablo sabía que su límite eran unas cuantas cuadras. En bicicleta había logrado diez kilómetros. Pero ahora debía recorrer treinta kilómetros totales entre la idea y el regreso, y sus piernas —esas piernas flaquitas que el mundo subestimaba— empezaron a protestar.
Primero fue un cosquilleo. Después un ardor. Luego un dolor tan fuerte que cada pedaleo era como pisar vidrios.
Se detuvo en una esquina. Respiró hondo. Miró sus piernas temblorosas y pensó en pedir ayuda.
Pero pedir ayuda significaba... significaba que no estaba hecho para esto. Que los que lo llamaban "angelito" tenían razón. Que había límites que él no podía cruzar.
No. Esa palabra le salió del fondo del estómago.
Esta no era una competencia contra la ciudad, ni contra los coches, ni contra la distancia. Era una competencia contra sus propios miedos. Y si había algo que el Diablo Ciclista odiaba más que los automovilistas imprudentes, era perder contra sí mismo.
Se subió a la bicicleta.
Y pedaleó.
VI. El último kilómetro
Pedaleó por Insurgentes con los dientes apretados. Pedaleó por Reforma esquivando camiones que le pitaban como si él fuera invisible. Pedaleó por Revolución con las piernas gritándole que parara.
No paró.
Ahora solo pensaba en una cosa: su cama. Su gloriosa, maravillosa, bendita cama. Llegar a casa y acostarse una semana completa.
Cuando finalmente reconoció su calle, algo mágico pasó: era ligeramente cuesta abajo. La gravedad, que todo el día le había sido indiferente, por fin se ponía de su lado.
Dejó de pedalear. La bicicleta rodó sola. El viento le refrescó la cara.
Y el Diablo sonrió. Esa sonrisa enorme que no le cabía en la cara.
VII. El agua sabe a victoria
Llegó a su edificio. Todavía quedaba el último reto: subir varios pisos hasta su departamento. Con piernas que ya no respondían órdenes, cada escalón fue una pequeña batalla.
Pero llegó.
El primer vaso de agua le supo a victoria. A triunfo. A "se los dije". Se dejó caer en su cama como quien se deja caer en una nube, y por un instante el mundo entero fue perfecto.
Pasó una semana entera antes de que pudiera caminar sin hacer muecas de dolor. Sus piernas de palito de pan estuvieron adoloridas cada día, cada hora, cada minuto.
Pero el dolor no era un castigo.
Era un recordatorio.
Un recordatorio de que el Diablo Ciclista, con piernas que el mundo creía que no servían para nada, había pedaleado treinta kilómetros por la Ciudad de México. Solo. Sin ayuda. Sin permiso. Sin que nadie le dijera que podía hacerlo.
Porque resulta que el Diablo nunca necesitó que le dijeran que podía.
Él ya lo sabía.
Solo le faltaba demostrárselo.
FIN


