Un botón a tiempo

Un cuento del Diablo Ciclista

3/30/20265 min read

Ya llevaban varios días en Alemania cuando comenzaron de verdad las aventuras del Diablo Ciclista.

Vámonos de viaje

Todo empezó cuando el Diablo Ciclista y su amigo, el Oso Cassie, decidieron conocer el primer mundo. Sin su bicicleta, el Diablo perdía parte de sus poderes, pero nunca se perdería la oportunidad de conocer un lugar nuevo.

Durante el vuelo, el diablo pensaba en los siguientes días.

—¿Cómo serán los alemanes? —preguntó por tercera vez en el vuelo, mirando por la ventanilla como si pudiera ver el futuro entre las nubes—. ¿Serán amables? ¿Me entenderán cuando les pida algo?

—Ya te lo dije —respondió Cassie, sin levantar los ojos de su libro—. Son personas. Como en todas partes.

—Sí, pero hablan en alemán.

—Correcto.

—¿Qué es diferente al español?

—También correcto.

—¿Y al inglés?

Cassie cerró el libro. Suspiró. Lo abrió de nuevo.

El Diablo aprovechó el vuelo para hacer su primer ensayo diplomático con la azafata, una chica holandesa de sonrisa amplia que no parpadeó cuando él le dirigió una mezcla de palabras en inglés sin mucho orden ni concierto, convencido de que entre el inglés y el alemán la diferencia no podía ser tan dramática. La azafata respondió con amabilidad genuina simulando haber entendido todo el mensaje, lo cual el Diablo interpretó como una victoria total.

—¿Ves? —le dijo a Cassie, radiante—. El idioma no es ningún problema.

Cassie asintió. A veces, la sabiduría consiste en saber cuándo no decir nada.

Los primeros días pasaron sin mayores novedades, pero con mucha diversión.

En Hamburgo conocieron el edificio donde alguna vez estuvo la disquera de los Beatles, y el Diablo se quedó parado frente a la fachada con una expresión de reverencia religiosa.

En Bremen visitaron el pueblo de los pescadores, los Músicos de Bremen con sus estatuas apiladas, y devoraron kilómetros de salchichas con papas.

El Diablo descubrió algo que nadie le había dicho sobre Alemania: las bicicletas. Había bicicletas en todas partes. Había carriles para bicicletas. Había señales para bicicletas. Había personas en bicicleta que iban al trabajo, al mercado, a ningún lado en particular, simplemente porque sí. El Diablo las miraba pasar con los ojos brillantes y una sonrisa que le ocupaba toda la boca grande.

—Acá me entenderían —dijo en voz baja, casi para sí mismo.

Cassie lo miró de reojo y sonrió.

Y entonces comenzó la verdadera aventura.

Antes de salir, varias personas le habían advertido muy seriamente que en Alemania las mujeres no apreciaban las muestras de caballerosidad de los hombres. Era una costumbre que allá se interpretaba de otra manera, le dijeron. Lo mejor era abstenerse.

El Diablo lo intentó. De verdad lo intentó.

Pero hay cosas que están en el cableado. Y cuando la primera chica se aproximó a una puerta al mismo tiempo que él, el instinto ganó por goleada: se hizo a un lado, extendió el brazo con toda la naturalidad del mundo y esperó.

La chica lo miró. Miró los cuernos. Miró la piel roja. Y luego esbozó una sonrisa genuina, de esas que no se fabrican, y pasó dándole las gracias.

El Diablo se quedó inmóvil tres segundos.

—Cassie.

—Lo vi.

—¿Viste lo que pasó?

—Lo vi.

Para la tercera vez que se repitió la escena, ambos habían llegado a una conclusión científica e irrefutable: ese supuesto rechazo a la caballerosidad era, con toda probabilidad, el mito más sobrevaluado del hemisferio norte.

Y así fue que el diablo ciclista llevó algo del calor latino a la tierra del vocho. Pero esa caballerosidad le traería problemas a nuestro pequeño amigo rojo.

Terror en el tren

El incidente ocurrió en el S-Bahn de Bremen, a las diez y cuarto de la noche, cuando ambos regresaban al hostal después de un día que había exprimido hasta el último gramo de energía disponible.

Los trenes de Alemania son una obra maestra del orden. Llegan cuando dicen que llegan. Parten cuando dicen que parten. Y sus puertas no se abren solas: hay un botón. Lo oprimes, la puerta se abre, tienes unos segundos y bajas.

Ellos ya tenían la coreografía dominada. Cassie bajaba primero, con sus dos patas y su enorme tranquilidad. Luego extendía el brazo, el Diablo tomaba impulso, y lo que para Cassie era un paso era para el Diablo un salto de proporciones épicas, pero lo hacían bien. Lo habían hecho bien todo el viaje.

Esa noche, en la estación correcta, Cassie oprimió el botón. La puerta se abrió. Cassie bajó. Se dio la vuelta para extender el brazo.

Y en ese preciso instante, una chica se asomó a la puerta desde el interior del vagón.

El Diablo la vio. La puerta estaba ahí. Ella iba a bajar. Él estaba en la puerta. La situación era perfectamente clara.

Se hizo a un lado.

La chica bajó, sonrió y el Diablo respondió con su sonrisa más amplia, la de los días buenos, satisfecho con su impecable récord de caballerosidad europea.

Entonces las puertas se cerraron.

Hubo un silencio de aproximadamente un segundo y medio.

Cassie, en el andén, miraba las puertas cerradas.

Las puertas cerradas miraban a Cassie.

Dentro del vagón, el Diablo miraba las puertas cerradas desde adentro.

Lo que ocurrió a continuación en la cabeza del Diablo Ciclista fue algo que los neurocientíficos describirían como una cascada cognitiva de escenarios catastróficos en tiempo real:

El tren arranca. Me lleva a quién sabe dónde. Me bajo en la siguiente estación. ¿Y luego? Tomo un tren de regreso, pero ¿qué tren tomo? Una misma estación recibe trenes que van en distintas direcciones. Si tomo el equivocado, acabo en un barrio que no conozco, en una ciudad que no conozco, en un país que no conozco, hablando un idioma que definitivamente no conozco, siendo un diablo, en otoño, con frío.

La boca se le abrió.

Los ojos se le pusieron enormes, más grandes que de costumbre, que ya era decir algo.

¡Ca... Ca... CASSIE!

Pero Cassie estaba afuera. Y el tren estaba adentro. Y ambas realidades estaban separadas por unas puertas de acero alemán muy bien cerradas.

El Diablo sintió que sus piernas, ya de por sí extremadamente delgadas, se volvían aún más delgadas. El mundo se redujo al tamaño de un vagón de metro con destino desconocido. Sin bicicleta. Sin poderes. Sin Cassie. Sin orientación. Sin alemán. Sin nada.

Iba a perderse para siempre en Europa.

Lo encontrarían años después, convertido en leyenda urbana de Bremen: el pequeño diablo rojo que deambula por los andenes preguntando algo en un idioma que nadie identifica con claridad.

Fue entonces cuando sintió dos manos enormes, cálidas, inconfundibles, que le rodearon los brazos desde atrás y lo levantaron del suelo.

El Oso Cassie, con la serenidad absoluta de quien sabe exactamente lo que hay que hacer, había vuelto a oprimir el botón. La puerta se había vuelto a abrir. El tren no había arrancado aún. Y él había entrado, había encontrado a su amigo y lo había traído de vuelta a la realidad con la misma calma con que hacía todas las cosas importantes.

La puerta se cerró.

El tren arrancó.

El Diablo tardó varios segundos en volver a respirar con normalidad. Miraba al frente. No decía nada.

Cassie tampoco.

Luego, desde algún lugar que ninguno de los dos supo identificar, apareció la primera carcajada. Pequeña al principio. Luego más grande. Luego completamente incontrolable, del tipo que hace que te duelan las costillas y que los demás pasajeros del vagón te miren con esa mezcla de confusión y simpatía que solo ocurre en los trenes nocturnos.

Rieron todo el camino al hostal.

Y así fue como un día que parecía ser un día cualquiera terminó siendo el mejor del viaje. Bueno, ese y el día en que casi pierden el vuelo de regreso.

Pero esa es otra historia.